martes, 12 de abril de 2011

Síndrome de Don Beltrán

Con mis amigas hemos dedicado gran parte de estos años (yo estimaría un 90 % del tiempo y la energía) a hablar de hombres.

Siendo nuestro principal objeto de interés, investigación, análisis, estadísticas, cálculos probabilísticos, etc. tenemos material para un tratado de varios tomos bastante exhaustivo:

Tomo I: Manual del hombre. (el hombre medio, como todo electrodoméstico, una vez que se le conocen las funciones, es más fácil que una licuadora).

Tomo II: Relaciones entre hombres y mujeres: clasificación básica: a) paterno/filial; b) laboral; c) amistosa por incogibilidad fundada en diferentes causas; c) eróticas y, entre éstas: touch and go, amante estable, pareja estable, ex amante, ex pareja.

Tomo III: Distintas etapas en las relaciones erótico-amorosas: histeria previa, enamoramiento pelotudo (conocido también como pedo rosado), rutinización y acostumbramiento (que puede eternizarse por encariñamiento u otras causas), rupturas con o sin ruido (que puede eternizarse por odio, despecho o resentimiento) y final (cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos). En esta fase final identificamos un fenómeno que hemos dado en llamar S.D.B. o Síndrome Don Beltrán.

Por más que la denominación pueda asustar a las/los lectoras/es, adelanto que en nuestra opinión, el SDB es benigno y cuando acaece nos trae paz, felicidad, tranquilidad (es más, debería existir algún ente público que nos extienda un certificado de portadoras de S.D.B. para encuadrar y colgar al lado del diploma, porque es lo que nos habilita a iniciar cualquier otra relación).

Es difícil prevenirlo en las etapas anteriores, cuando el tipo nos quita el sueño, pasamos la vida hablando de él, ocupa toda nuestra mente, sentimos que nunca vamos a olvidarlo, que siempre nos va a generar sentimientos intensos, pero (siempre que no nos colguemos dedicándonos a odiarlo, sentimiento que sólo nos ata al sujeto en cuestión, avinagrándonos, impidiéndonos avanzar en el sentido del placer y la felicidad) al final, en la generalidad de los casos, sobreviene el SDB.

El SDB se manifiesta repentinamente y es fácil de reconocer por sus síntomas; el primero se presenta con las preguntas: ¿Y éste señor? ¿Quién es? ¿Qué le ví?

El mismo hombre que hace poco nos hacía llorar a moco tendido, el que no soportábamos imaginar en otros brazos, el que nos ocupaba por completo el pensamiento, el que era único, especial, con el que nos unía un vínculo que parecía indisoluble (no importa si saludable o patológico, si obsesivo, si de amor, de odio, de celos, de despecho, de deseo irrefrenable), con el que agotamos la paciencia de todo nuestro entorno hablando todo el tiempo del señor, analizando sus miradas, sus actitudes, sus más recónditas intenciones, se convierte de un momento a otro en: nadie. Habla y no lo escuchamos. Explica y no nos interesa. Se enfurece y nos da risa. Se disculpa y lo disculpamos, porque total... ya no nos importa.

El tipo, perplejo, saca el arsenal de trucos que se aprendió en las etapas anteriores con tan óptimos resultados; y nada. Como si estuviéramos revestidas de teflón, nos resbalan las miraditas sexys, las expresiones tristes, el pucherito, la manipulación a través de la culpa, los discursos encendidos, las declaraciones de amor. Nos resultan excesivas, cuando no patéticas sus demandas afectivas y las caricias nos provocan un efecto molesto que preferiríamos evitar. Y esas conversaciones telefónicas en las que antes nos enredábamos horas, empiezan a ser como letanías del pibe, que por cortesía tratamos de mechar con algún ajá... mjú... mmm...  mientras miramos la maratón de sex & the city.

Nada.

El SDB es la nada, es verlo como al vecino que vive a la vuelta, un tipo que conocemos de vista, le conocemos la voz, sabemos dónde vive, qué hace, con quién convive, pasamos y le preguntamos: ¿Qué tal don Beltrán? Bien, y usted? y en realidad nos importa un carajo; da igual.

No interesa si es el padre de nuestros hijos, si nos unió un gran amor, si tuvimos la mejor cama que se pueda imaginar, si es realmente dotado física o intelectualmente, nada de eso importa, el SDB no perdona ni a los mejores, se presenta de la misma manera en todos los casos.

El SDB no tiene cura, no tiene vuelta, no hay manera de remontarlo, es el fin.

La misma cosa entre sus piernas con la que fantaseábamos, imaginándola alta en el cielo, un águila guerrera, ahora visualizamos como un penoso pichón implume. El mismo discurso inteligente que nos sedujo dejándonos boquiabiertas como Wanda Nara, nos produce un aburrimiento comparable al relato radial de un partido de la B un domingo a la tardecita. La misma belleza que nos hizo considerarlo un ángel caído hoy nos hace achinar los ojos mientras pensamos me parece a mí o tiene un moco colgando? La misma dulzura que nos hizo decir ayyy es un dulce de leche, hoy nos resulta pegajosa y empalagosa como zambullirnos en un tarro entero de miel; y el que era más seductor que bonito, con su mirada profunda y su boca tan deseada, con su piel tan suave y su voz tan ronca, hoy es simplemente un bicho canasto que no entendemos cómo nos pudimos comer.

Lo bueno de haber descubierto la existencia del S.D.B. es que en el momento en que estamos pelotudísimas, enamoradas, obsesionadas, haciendo terapia o sufriendo horrores por relaciones tortuosas, sabemos que hay luz al final del túnel, que llega el día en que al tipo se le caen todos los adornos y queda a la vista su simple nadez y cuando vemos algunas inocentes viviendo esa etapa tan intensa, creyendo en su ingenua taradez que nunca van a dejar de sentir así, podemos decirles: terminala conchuda! Ya se te va a pasar, va a llegar el día en que el tipo se convierta en Don Beltrán.

Tenemos Derecho


Sé que lo que voy a escribir va a resultar molesto, desagradable, antipático o desubicado a varios de mis lectores.

Los que sufran de hipersensibilidad visual no lean.

Las que sean felices, las que estén satisfechas, las que estén enamoradas, las que sean jóvenes, las que estén en la cresta de la ola, no lean.

Esta nota es sólo para las que están en crisis de los pre o pos cuarenta, las que se vean en fotos o en espejos y no se reconozcan, las que no lleguen a comprender por qué engordaron, por qué se van arrugando, por qué las canas son menos dóciles que los pelos jóvenes, por qué está durmiendo ese señor al lado y por qué hay que trabajar todos los días en algo que no nos gratifica.

También es para señores solidarios, con mente abierta y sentido del humor; o lisa y llanamente homosexuales.

Absténganse de leer los celosos, paranoicos, posesivos, machistas y rompe huevos en general.

De lo que voy a hablar es de uno de los derechos fundamentales de las mujeres que hasta ahora hemos relegado, invisibilizado, ninguneado, menospreciado, disimulado y que es hora de incluir en la agenda de reivindicaciones de género, en los tratados internacionales y en todas las constituciones.


Porque si se observa a las mujeres, al menos a las de mi edad y condición social, económica y cultural; sean casadas, solteras o divorciadas; sean amas de casa, profesionales o trabajadoras, tengan o no tengan hijos, todas hacemos esfuerzos desmedidos, físicos y económicos, para estar bien.

Vamos a yoga, tal vez a terapia, por ahí al gimnasio, caminamos, vamos a la peluquería, tal vez al esteticista; nos encremamos la cara, por ahí nos enchufamos electrodos, nos hacemos masajes, nos compramos ropa, nos maquillamos, vamos a un taller literario, o de pintura, o de artesanía y permanentemente estamos buscando actividades que nos gratifiquen, que nos permitan desarrollar nuestra creatividad, que nos hagan sentir lindas, saludables, jóvenes, plenas o al menos nos mantengan un rato más, un poco más, un tiempo más.

Todo eso y mucho más, hacemos para ser felices. No siempre lo logramos, cuando nos concentramos en las arrugas, se nos cae el culo. Cuando logramos bajar la panza, se nos caen las tetas. Cuando damos con un buen taller literario, se nos cae la autoestima. Cuando logramos resolver dilemas existenciales, nos ataca la celulitis y así andamos haciendo malabares para sostener todo y lograr cierta armonía entre el cuerpo y la mente, el aquí y ahora, la constelación familiar, los sistemas y la plenitud individual, los chakras, el yin, el yan, el papanicolau, la limpieza de cutis, la visita semestral al odontólogo y la madre que nos parió.

Todo eso lleva tiempo, dinero, esfuerzo, dedicación y no siempre trae resultados satisfactorios inmediatos y ya sabemos que, a esta edad, queremos resultados SHA. Nada de largos tratamientos. Constancia, Paciencia, Perseverancia y similares, son términos que las cuarentañeras borramos de nuestro diccionario por falta de uso.

Y ya sabemos. Lo que nos afea es la insatisfacción. Una mujer infeliz es fea, no importa si está flaca, gorda, fofa o tonificada. No hay atuendo más sexy que la sonrisa ni atributo más irresistible que la felicidad.

Todos nuestros tratamientos también tienen un costo social. La Salud Pública, el Sistema de Obras Sociales; las políticas públicas educativas y culturales, invierten el dinero de todos para brindarnos atención y contención. Por lo tanto lo que voy a proponer sin dudas repercute también en el Bien Común.

Una sola cosa puede reunir tantos beneficios como para suplir, por ejemplo: peluquería, spa, sicoterapia, yoga, gimnasio, odontólogo, control ginecológico, masajes con piedras calientes y actividades varias como taller literario o de telar.

El bienestar que trae consigo, además, previene los ataques de concha recurrentes, el fastidio cotidiano, problemas de convivencia y demandas afectivas al novio, marido o conviviente, con lo cual, bien pensado, puede salvar parejas y repercutir en la felicidad de todo el grupo familiar.

Es por eso que, una vez desarrollada esta idea, es posible que los mismos maridos se hagan una pancarta para apoyar nuestro Derecho, los mismos hijos salgan a buscar esta mágica solución a los berrinches de sus progenitoras y, por qué no, la misma Iglesia Católica, siempre tan preocupada por la protección de la Familia y la indisolubilidad del vínculo matrimonial, incluya en su liturgia, en sus homilías, el ruego para que cada mujer unida en santo matrimonio pueda tener garantizado su derecho.

En síntesis: un chongo. Necesitamos un chongo.

No vengan ahora a ofrecerse los que leen esta nota. Ya sabemos que los chongos no tienen por qué saber leer. El chongo sólo tiene que estar disponible cuando una lo necesita; o tener día fijo como un personal trainer. El chongo sólo tiene que tener ojos para una, y no cansarse de decirnos qué buena que estamos, qué ganas tiene de partirnos como un queso, de darnos y darnos hasta que digamos basta. El chongo nos levanta la autoestima con una sola mirada y nos hace el tratamiento de limpieza bucodental sin dolor. El chongo hace la revisión ginecológica y no usa espéculo. Te limpia los poros de forma natural. Te tonifica los músculos sin que nos demos cuenta de que hicimos 300 abdominales, te aumenta las RPM sin que tengas que pedalear como una tarada en una bicicleta fija. El chongo te desarrolla la creatividad y la imaginación, sin que tengas que soportar dos horas por semana un grupo de docentes jubiladas en el taller literario o de porcelana fría. El chongo te acomoda los chakras a serrucho, te flexibiliza la columna más que el hata yoga, te calma más que el rivotril, te peina y te despeina y, en definitiva, te deja con esa sonrisa que te ilumina el rostro, te plancha las arrugas y te abrillanta la mirada.

Y cuando termina su tratamiento interdisciplinario e integral, el chongo se va contento, sin demandar nada, sin mentir, sin molestar, satisfecho y feliz de haber cumplido su digna función de servidor público.