
Sé que lo que voy a escribir va a resultar molesto, desagradable, antipático o desubicado a varios de mis lectores.
Las que sean felices, las que estén satisfechas, las que estén enamoradas, las que sean jóvenes, las que estén en la cresta de la ola, no lean.
Esta nota es sólo para las que están en crisis de los pre o pos cuarenta, las que se vean en fotos o en espejos y no se reconozcan, las que no lleguen a comprender por qué engordaron, por qué se van arrugando, por qué las canas son menos dóciles que los pelos jóvenes, por qué está durmiendo ese señor al lado y por qué hay que trabajar todos los días en algo que no nos gratifica.
También es para señores solidarios, con mente abierta y sentido del humor; o lisa y llanamente homosexuales.
Absténganse de leer los celosos, paranoicos, posesivos, machistas y rompe huevos en general.
De lo que voy a hablar es de uno de los derechos fundamentales de las mujeres que hasta ahora hemos relegado, invisibilizado, ninguneado, menospreciado, disimulado y que es hora de incluir en la agenda de reivindicaciones de género, en los tratados internacionales y en todas las constituciones.
Porque si se observa a las mujeres, al menos a las de mi edad y condición social, económica y cultural; sean casadas, solteras o divorciadas; sean amas de casa, profesionales o trabajadoras, tengan o no tengan hijos, todas hacemos esfuerzos desmedidos, físicos y económicos, para estar bien.
Vamos a yoga, tal vez a terapia, por ahí al gimnasio, caminamos, vamos a la peluquería, tal vez al esteticista; nos encremamos la cara, por ahí nos enchufamos electrodos, nos hacemos masajes, nos compramos ropa, nos maquillamos, vamos a un taller literario, o de pintura, o de artesanía y permanentemente estamos buscando actividades que nos gratifiquen, que nos permitan desarrollar nuestra creatividad, que nos hagan sentir lindas, saludables, jóvenes, plenas o al menos nos mantengan un rato más, un poco más, un tiempo más.
Todo eso y mucho más, hacemos para ser felices. No siempre lo logramos, cuando nos concentramos en las arrugas, se nos cae el culo. Cuando logramos bajar la panza, se nos caen las tetas. Cuando damos con un buen taller literario, se nos cae la autoestima. Cuando logramos resolver dilemas existenciales, nos ataca la celulitis y así andamos haciendo malabares para sostener todo y lograr cierta armonía entre el cuerpo y la mente, el aquí y ahora, la constelación familiar, los sistemas y la plenitud individual, los chakras, el yin, el yan, el papanicolau, la limpieza de cutis, la visita semestral al odontólogo y la madre que nos parió.
Todo eso lleva tiempo, dinero, esfuerzo, dedicación y no siempre trae resultados satisfactorios inmediatos y ya sabemos que, a esta edad, queremos resultados SHA. Nada de largos tratamientos. Constancia, Paciencia, Perseverancia y similares, son términos que las cuarentañeras borramos de nuestro diccionario por falta de uso.
Y ya sabemos. Lo que nos afea es la insatisfacción. Una mujer infeliz es fea, no importa si está flaca, gorda, fofa o tonificada. No hay atuendo más sexy que la sonrisa ni atributo más irresistible que la felicidad.
Todos nuestros tratamientos también tienen un costo social. La Salud Pública, el Sistema de Obras Sociales; las políticas públicas educativas y culturales, invierten el dinero de todos para brindarnos atención y contención. Por lo tanto lo que voy a proponer sin dudas repercute también en el Bien Común.
Una sola cosa puede reunir tantos beneficios como para suplir, por ejemplo: peluquería, spa, sicoterapia, yoga, gimnasio, odontólogo, control ginecológico, masajes con piedras calientes y actividades varias como taller literario o de telar.
El bienestar que trae consigo, además, previene los ataques de concha recurrentes, el fastidio cotidiano, problemas de convivencia y demandas afectivas al novio, marido o conviviente, con lo cual, bien pensado, puede salvar parejas y repercutir en la felicidad de todo el grupo familiar.
Es por eso que, una vez desarrollada esta idea, es posible que los mismos maridos se hagan una pancarta para apoyar nuestro Derecho, los mismos hijos salgan a buscar esta mágica solución a los berrinches de sus progenitoras y, por qué no, la misma Iglesia Católica, siempre tan preocupada por la protección de la Familia y la indisolubilidad del vínculo matrimonial, incluya en su liturgia, en sus homilías, el ruego para que cada mujer unida en santo matrimonio pueda tener garantizado su derecho.
En síntesis: un chongo. Necesitamos un chongo.
No vengan ahora a ofrecerse los que leen esta nota. Ya sabemos que los chongos no tienen por qué saber leer. El chongo sólo tiene que estar disponible cuando una lo necesita; o tener día fijo como un personal trainer. El chongo sólo tiene que tener ojos para una, y no cansarse de decirnos qué buena que estamos, qué ganas tiene de partirnos como un queso, de darnos y darnos hasta que digamos basta. El chongo nos levanta la autoestima con una sola mirada y nos hace el tratamiento de limpieza bucodental sin dolor. El chongo hace la revisión ginecológica y no usa espéculo. Te limpia los poros de forma natural. Te tonifica los músculos sin que nos demos cuenta de que hicimos 300 abdominales, te aumenta las RPM sin que tengas que pedalear como una tarada en una bicicleta fija. El chongo te desarrolla la creatividad y la imaginación, sin que tengas que soportar dos horas por semana un grupo de docentes jubiladas en el taller literario o de porcelana fría. El chongo te acomoda los chakras a serrucho, te flexibiliza la columna más que el hata yoga, te calma más que el rivotril, te peina y te despeina y, en definitiva, te deja con esa sonrisa que te ilumina el rostro, te plancha las arrugas y te abrillanta la mirada.
Y cuando termina su tratamiento interdisciplinario e integral, el chongo se va contento, sin demandar nada, sin mentir, sin molestar, satisfecho y feliz de haber cumplido su digna función de servidor público.
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